Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de mayo de 2013

En pausa


Desde una ventana se ve la imagen lluviosa del díaEscucho el sonido del viento en la ciudad. Es de madrugada, no tengo sueño y veo que hay pocas luces encendidas en los otros departamentos. Están casi todos dormidos. Quizás esté solamente yo y el viento en pie, esperando el temporal, que se anuncia, que casi llega. La ciudad completa a oscuras. Y nuevamente lo escucho fuerte, golpeteando todo lo que encuentra a su paso, las hojas que yacen en el suelo y se elevan y caen y vuelven a volar, las campanillas  y los juegos de terraza, las bicicletas y las puertas. Me acerco a la ventana de la habitación para sentir ese viento. Me estremecen sus rugidos. Abro la ventana y entra todo con fuerza. Siento un poco de temor, casi infantil, y también un poco de ansiedad ante esta naturaleza que se entromete en las calles, en las plazas, en las casas, en el alma misma. Cierro. Respiro y me siento protegida de estar en casa. La cama, la almohada, la silla, el clóset, tan reales, tan sólidos, tan protectores. De nuevo regresa la tranquilidad, el silencio, la pausa, el sueño. 

Pienso en lo mucho que me gustaría contar las historias interiormente, escribir como se es por dentro, con todas las sombras, con todas las luces, con todas las intensidades, con todos los volúmenes. Sumergirme en el mundo de las palabras, de los pensamientos, plasmar emociones y sentimientos. Sólo eso. Ahora entiendo a los escritores, que inventan personajes, para explorar distintos universos interiores, para vivir cosas que ellos mismos no se atreven, para ser personas extraordinarias y también miserables. No sé bien qué hacer, no quiero tomar una decisión, quiero ser como ese viento, que hace lo que le da gana, que no le pide permiso a nadie y tampoco explica nada.

Estoy mirando las hojas volar, y de nuevo la lluvia que las bota, y ellas se dejan caer. Qué hermosa sensación de saber que esa mirada es única, que nunca regresará, que esa hoja y esa lluvia y ese viento ya no se repetirán. Serán siempre nuevos, siempre diferentes. La mirada y el viento, el momento y la hoja.
 



domingo, 22 de julio de 2012

Reflexiones, letras, sufrimiento y Murakami

Me dormí sin saber qué hora era. El sueño llegó de pronto, muy suavemente, cerré los ojos y abracé el libro que estaba leyendo. Hacía varias semanas que no leía un libro por horas. No tengo ganas de profundizar aquí en los por qué. El asunto es que ya es domingo, y debo haber dormido, no sé, unas 12 ó 14 horas, tampoco me fijé en la hora en que abrí los ojos. Sí sentí una gran pesadez en todo mi cuerpo. El cuello y la espalda me dolían de sobremanera. Recordé que ayer estuve trotanto en una empinada subida y que estuve más de una hora entrenando. Me acordé del libro, ya no estaba entre mis brazos, seguramente lo lancé por la cama durante la noche. Allí estaba. Continué leyendo. Acostada, acurrucada, sintiendo el placer de meterme en una historia diferente y lejana, olvidarme un poco de la realidad.

Es Haruki Murakami, escritor japonés. Lo descubrí el año pasado cuando unos buenos amigos me regalaron uno de sus mayores éxitos en mi cumpleaños (1Q84). De eso ya ha pasado un año y debo reconocer que aún no lo termino, a pesar de que sí me enganchó. Bueno, ya dije que no quiero hablar de por qué no he leído tanto. En mi último cumpleaños, otra amiga que sabe qué es lo que más me hace feliz, me regaló otro de él. "De qué hablo cuando hablo de correr". Es simple, trata sobre su experiencia como corredor por más de 25 años. Me llamó la atención porque es Murakami y porque amo correr. 

Portada del libro "De qué hablo cuando hablo de correr", de Murakami
     
Si bien no pensaba escribir sobre alguien tan notable como Murakami, un hombre admirable por sus historias y su perfecta prosa, a medida que las palabras avanzan no me queda otra que entregarme a algunas reflexiones de su libro. ¿Con quien comentas un libro? Leer es una actividad solitaria, individual. Te tiendes en el sofá o en tu cama y entras en el mundo al que ese escritor te invita. Estás ahí, pero estás solo. Y cuando se lee un libro hay frases que te ayudan a comprender cosas, a unir piezas, a sentirte identificado, entiendes bien eso que vive el protagonista, lo que siente, lo que le está pasando. La mayoría de las veces esos comentarios te los guardas, te asombras contigo mismo o hablas y lloras por ese relato (cuando lees puedes hacerlo, no es tan extraño).




Por eso es que aprovecho esta oportunidad para compartir y comentar dos partes de este libro de Murakami en las que me he quedado pensando, asintiendo con la cabeza, diciendo "sí", riendo, disfrutando en silencio: 

1) "Había un corredor que decía que, ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar para sus adentros una frase que le había enseñado su hermano, que también era corredor: Pain is inevitable. Suffering is optional, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno".

El sufrimiento es opcional, así de simple y así de claro. Un mantra que es digno de ser recordado en aquellos momentos críticos. De pronto te das cuenta que te sientes más agobiado que de costumbre, sintiendo pocas fuerzas, cansado y hasta hastiado de todo, de las personas y de la vida. O aún más grave: cuando la nostalgia quiere instalarse en cada rincón de ti y se asoma peligrosamente la tristeza y la autocompasión. No señor. Minutos claves, en los que esta frase se convierte en un salvavidas frente a los propios obstáculos internos. Sí queridos, el sufrimiento es opcional.  Este sí que es verdadero conocimiento, sabiduría pura.

2) "Ya he explicado con anterioridad que no tengo mal perder. Creo que perder es, en cierta medida, algo difícil de evitar. Una persona, sea quien sea, no puede ganar siempre. En la autopista de la vida no es posible circular siempre por el carril del adelantamiento. A pesar de todo, no quiero caer varias veces en el mismo error. Quiero aprender de ese error y aprovechar la lección aprendida para la siguiente ocasión". 

Detenerse. Salirse de la pista. Irse a la berma. Sin necesidad de tener una razón. Parar un poco. Bajarse. Tomar aire. Respirar. Cerrar los ojos. Volver al presente. Aquí y ahora. 

Ver la autopista que hoy recorres es vital. Necesito ver el camino para aprender, para comprender cuál es el próximo desafío. Para permitirme sentir y conectarme con todo lo vivido, con todo lo que siento en este instante. Orden, armonía, serenidad. Momento mágico donde puedo preguntarme por qué siempre me voy por las cuestas, por qué mi auto anda acelerado y hasta ahogado. Vuelvo a respirar. Observo hacia adentro. Comienzo a ver, a entender, a atar cabos sueltos, a generar conocimiento. Porque sin duda que en este andar se aprende.  El aprender de lo pequeño, de las reacciones, de las sutilezas y de las grandes cosas, de lo que dejamos de hacer, de lo que hicimos mal,  de cada una de las caídas, de la manera en que nos levantamos y salimos adelante, de lo hermoso que existe en nosotros. Aprendizaje puro. Se recuerda, se archiva. Lo ideal sería tenerlo a mano. ¿Recuerdo conciente?


Cómo me gustaría tomarme un té con Murakami. Conversar como si fuéramos amigos, cómplices, colegas. Decirle que sí me ha servido su libro, que cada vez que tengo un chispazo de conciencia viene a mi memoria que el sufrimiento es opcional. Que es mi mantra. Y que lo repito cuando corro. Que intento comprenderlo cuando me detengo, en el silencio. Y que cuando entiendo me dan todas las ganas de seguir, de vivir, de leer. 

Ya es la madrugada y en pocas horas me levanto a trotar. 
Sigo con Murakami.



miércoles, 18 de julio de 2012

Sin tema

Son las copas de árboles, de fondo el cielo azul, hermoso.
Un mes. Ha pasado un mes desde la última vez que escribí en este blog. Escribir libremente, sin rumbo, sin tener que cumplir nada, sin hacerlo para dejar a alguien contento. Escribir dejando todos los "sin" a un costado. Ahora me voy por la berma, aunque no se pueda, a veces es placentero romper todas las reglas, al menos a mí me hace falta, aunque pocos crean que lo hago. Sí queridos y queridas, rompo reglas. Y es justo allí donde creo estos espacios mágicos, que son solamente míos. Me doy cuenta que ha pasado un mes y he tenido pocos momentos sólo míos, de esos de silencio profundo, de sentarte en ese silloncito del balcón y contemplar este Santiago en invierno, escuchar la fuente de agua de la plaza, escuchar a las personas que sacan a sus perros por las noches, ver pasar a los deportistas corriendo en su propio mundo, dándote todo el tiempo para mirar cómo cambia el cielo al atardecer, sin iphones, sin tablets, sin nada. Sólo estás allí. Presente, relajada, serena. Conectando con ese otro mundo, más quieto, más tranquilo, más sencillo, más mío. Me pregunto si seré la única que necesita estos momentos para vivir.

Hoy no tengo tema, y eso hace que lo disfrute aún más. Qué rica sensación, sentir el placer puro de escribir, escribir porque quiero, porque me nace, porque lo necesito, porque me dan ganas, porque ahora tengo la oportunidad. Por gusto.


Respiro, observo, me doy cuenta. Me quedo en silencio frente a esta pantalla blanca, sintiendo, armando el puzzle de tantos días que han dejado rastros, experiencias, sueños, ideas, conversaciones, aprendizajes, muchas risas, encuentros, cansancios, algunas angustias, más experiencias. Son muchas situaciones vividas, desafíos, aspectos superados, otros que me superaron y me la ganaron, sentirse frágil, volver a tomar fuerzas, levantarse de nuevo, conectarse por dentro. Seguir.

Copas de árboles, de fondo el cielo azul, hermoso.

Hay que seguir caminando en la vida. Pase lo que pase hay que seguir. Es posible hacerlo, todos lo hemos logrado. Este fin de semana fui parte de un instante mágico que me recordó lo importante que es superar las dificultades que muchas veces nos creamos nosotros mismos, que nacen de la mente que todo lo quiere controlar, todo esto que sabemos que nos hace mal y que nos puede enfermar. Y ahí estaba. Escuchando atenta, conmovida, historias que son estremecedoras, que emocionan, que te ayudan a despertar, que te impulsan a crecer y mejorar. Nos reunimos para acompañar a un amigo muy querido, para decirle: "Acá estamos contigo". Sentir que alguien, que un otro necesita respaldo, apoyo, ayuda, cariño, ternura, una sonrisa. Es la cálida certeza de que no estás solo, que a pesar de todo, puedes confiar, puedes hacerlo, puedes seguir en la vida. Y puedes seguir bien. Que estamos todos, que estamos juntos, que nos queremos, que somos amigos pero de esos de verdad, profundos, emotivos, amigos del alma. Un grupo de personas ayudándose y queriéndose. Partimos con el salud de buena crianza. Conversamos de miles de temas, anécdotas, que cómo te ha ido, que cómo va la vida, que si supiste de, que si sigues con la danza y el gimnasio, que rico verte. Luego cada uno dijo lo que sentía. Escuchar a personas lindas que dicen lo que sienten. Vuelvo a recordar la magia de ese instante y vuelvo a tener esperanza en la vida y en las hermosas personas que me rodean. Los espacios y esas personas las encuentras o las buscas, no lo sé, no lo tengo claro. Pero están. Y escuchar la belleza de cada persona es algo único y entrañable. Es el mejor antídoto para curarse de las presiones del día, del estrés, del corre corre diario, de las penas, de las soledades. Nos emocionamos todos, hombres y mujeres. Todos se permitieron expresar, en su forma, en su tono, con sus palabras. Belleza pura, alimento para el alma. Alegría serena, abrazos y más abrazos. Qué bien nos hace. Qué bien me hizo esa velada.

Placer, escribir, escuchar Gracias a la vida, la Violeta qué mujer por Dios.  

Bueno, ahora escucho a Bob Marley y me acurruco en mi silloncito y sigo contemplando Santiago. Presente, acá estamos. Sin tema, pero con vida, sintiendo mucho la vida. Y escribiendo. 

Gracias por leer.


domingo, 17 de junio de 2012

Sólo te pido el momento

Advierto de entrada: este post es sobre una historia de amor. Y lo escribo con la Javiera Mena de fondo, el remake del tema "Yo no te pido la luna". Acá la canción:  http://www.youtube.com/watch?v=9_Roq88FlGg

Escultura de cerámica gres que simboliza la unión de la pareja
Sigue lloviendo en Santiago. Yo acá sentada en mi sofá, cerca de la ventana, viendo cómo cae la lluvia intensa. Nos estamos limpiando por dentro, es necesario. A mi lado me acompaña un té earl grey de los buenos y un plato de frutas con nueces. Con la lluvia dan ganas de estar en el refugio. 

Ayer escuché y sentí una gran historia. "No me lo esperaba", como dice mi querida amiga Ale cuando pasa algo fuera de lo común, extraordinario. Son esas conversaciones para dejar pasar el tiempo, sin ningún objetivo y sin ninguna expectativa. Me gusta conocer a las personas, ver quienes son, cuáles son sus historias, lo que hoy están viviendo. Me suele pasar a menudo que cuando están conmigo se genera un ambiente emocional donde hay apertura y confianza, no se dan cuenta... y me lo cuentan todo. Y yo escucho, sorprendida, tratando de no emitir juicios o de no sentirlos en mi cabeza, sólo observando. Guardo cada detalle, miro sus rostros, su expresión corporal, su mirada, el brillo de los ojos, la posición de sus manos, la entonación de la voz. 

Así comenzamos ayer. 
Pregunto algo para iniciar la conversación: 
-¿Tu marido era un poco mayor, cierto, así veo en las fotos?.
-Sí, 40 años mayor.
-¿Quéeeee? No entiendo, pero ¿cómo?
-Es que siempre me han gustado mayorcitos, viejitos, pero buenosmozos los viejos.

Risas completas. No podíamos parar. Fue un momento genial, tallas varias. Cuando nos logramos calmar, mi curiosidad era mayor, así que seguí indagando.
-Entonces te casaste con él por amor, estabas muy enamorada...
-No. Para nada.
-¿Y por qué se casaron? 
-Es que ambos queríamos formar una familia, establecernos, no estar solos, y bueno llegamos a un acuerdo. No estábamos enamorados, sí había mucho cariño, apoyo mutuo, compañía. Y criamos a nuestros hijos, que es importante y bueno...

Continuamos conversando por horas y horas. Me impactó el tono de naturalidad con la que contaba su historia, sin tristeza, sin pena, con un sentido práctico asumido, sin culpa. Nos contó sobre otros pololos que tuvo después de separarse, risas por miles, anécdotas divertidas, vivir juntos, hastiarse del otro, su mal genio, demasiado trabajólico, su frialdad, su falta de dedicación, tenemos que conversar, démonos un tiempo, rupturas y hasta aquí no más llegamos. 

Me quedo en silencio, ella sigue hablando, contando detalles. ¿Cómo es posible vivir así? Estoy de acuerdo con Fito, nadie puede vivir sin amor. Y no hablo de tener una pareja ahora o para siempre. Hablo de un instante o de varios de esos instantes que hacen que tu vida valga la pena. Ese recuerdo que te permite afirmarte, que te hace soñar, sentirte vivo, viajar, tener ideas lindas, albergar esperanzas, ser positivo, creer que sí va a llegar esa persona tan especial, que tú si lo vas a lograr. ¿Cómo no va a ser sensible para ti guardar en tu memoria el momento de una mirada apasionada, de la complicidad sin palabras, la primera vez que te tomó la mano, el primer beso, cuando te dijo que eras lo mejor de su vida?

En segundo medio leí "La Tregua", de Mario Benedetti. Y por supuesto que lloré a mares. No he podido volver a leer ese libro, ya que me sentí de alguna extraña forma identificada con la tristeza desoladora de Martín Santomé al perder a la mujer de su vida en un segundo. Sin aviso. Comprendí, o más bien fue un inside, que son los momentos los que hay que atesorar. No sabes cuánto pueden durar. No importa. Hay que estar preparados para vivirlos. Hay que estar presentes, pero ahora, no cuando terminen de estudiar o cuando consigan tal o cual cargo, o cuando tengan más plata. Eso no sirve. De verdad, no sirve para vivir feliz. Hay que disponer nuestro corazón, nuestra piel, nuestra mente, nuestras ganas, nuestro cuerpo, todo lo que tengamos, ponerlo ahí para amar, para seguir teniendo esperanzas, para doblarle la mano al dolor que siempre limita, para vencer el miedo y el temor. Hay que amar por sobre todo.

En esas reflexiones estaba cuando la historia dio un vuelco, nuevamente inesperado. Ella, que en apariencia lo tenía todo controlado, fue valiente y fue a buscar a su amor. Se metió la vergüenza y los miedos en el bolsillo, y los 27 años sin verlo. Ella lo sabía. Era la única vez que se había enamorado y eso no podía ser una mentira. Partió a buscarlo. Así, sin previo aviso. Su plan era conversar, darle un abrazo y volverse. No resultó así, fue mejor. Aunque tampoco tanto, como todo en la vida. Lo envolvió en sus brazos, quiso sentir el sabor de su boca y llenarse de su aroma, conocer todos sus sentimientos, pasar acompañada el invierno, temblar al verlo llegar. No puedo contar más, porque la historia es real. La lección: ella decidió despertar, emocionarse, sentirse viva, vulnerable, insegura, y finalmente feliz.

Javiera Mena lo canta: 
"Yo no te pido la luna, tan sólo quiero amarte. 
Yo no te pido la luna, sólo te pido el momento".

Maravilloso. 
 

jueves, 14 de junio de 2012

Pensando bajo la lluvia

Foto de unos árboles de Santiago después de la lluvia, atardecer
Días de lluvia en Santiago, hacen que la ciudad que conoces cambie completamente. La tonalidad del día toma distintos tipos de grises durante la mañana, la luz llega a ti desde ángulos nuevos, las nubes oscuras amenazan y atacan con fiereza. El agua cae sobre la congestión santiaguina y a mí, al menos, me calma. No importa qué distancia tenga que desafiar, me siento confiada, serena, como si la fluidez de cada gota fuera parte de mí. Y confías, todo es lo que debe suceder. Y puedo pasar cada prueba, vivir cada situación. Simple. Sí, el ritmo de la lluvia es tranquilizador para mí. Ese Santiago es acogedor, es incluso silencioso, puedes escuchar el sonido del viento y de la lluvia. Escribiendo a mano, con un cuaderno, sintiendo cada palabra, reflexionando, contemplando.

Será la lluvia, el color del día, el atardecer despejado o la vista de una cordillera hermosa, no lo sé, pero he pensado estos días en la amistad. Ayer iba manejando hacia mi trabajo, rumbo a La Pintana, el camino era largo (una hora por lo menos), en medio de la lluvia otoñal, escuchando como por vigésima vez a Dead Can Dance, cuando llegaban a mí estas ideas. No suelo pensar en estos temas habitualmente. No señor. La mayor parte del tiempo no pienso, sólo actúo, converso, río, cumplo, hago ejercicio, como, voy a reuniones, qué se yo. Pero pensar...así es que aproveché, ahora o nunca.

Amistad en los tiempos de la 2.0. ¿Es posible la amistad en los tiempos de facebook, twitter y whatsapp? ¿hay alguien que para tu cumpleaños te llame por teléfono o te visite? ¿cuántos se preocupan de ti cuando estás enferma? ¿o cuando estás bien, un día cualquiera? En eso pensaba ayer en el auto. Recordé que el sábado pasado una amiga, de esas que claramente son casi de otro planeta, me invitó a su casa. La cita era a las 19 horas, yo llegué pasadas las 19:30. Atrasada. Más encima no llevé nada, sólo mi presencia. No ayudé en nada, porque el motivo era celebrarme a mí. No me dejaron, no insistí tampoco. Yo que me olvidé de su cumpleaños, y que una semana después la llamé para saludarla con un sinfín de disculpas. Bueno, ese ser humano extraordinario me tenía preparada una exquisita once, pensando en mí y en festejarme. La mesa estaba delicadamente decorada, con servilletas lindas, con queques varios, tartaleta de nuez, pie de limón, quiche lorraine y de champiñón, canapés "sanos", pancitos calientes y la infaltable tortilla de papas...todo  hecho por ella, con sus manos para mí, bueno, y también para todos los invitados. Se armó un grupo entretenido, lo pasamos fenomenal, nos reímos, comentamos temas interesantes, comimos rico. Pasaron las horas, todos se fueron. Yo quise quedarme, eran como las 23:30 de la noche, me dije, será una hora a lo más...pero no paramos de conversar hasta las 3 AM junto a una mezcla perfecta de tesitos y más trozos de tortilla de papas. Y podríamos haber seguido hasta las 6 de la mañana, como nos ha pasado ya muchas veces.

No sé cómo llamar a estos especímenes en extinción: amigos amigos, verdaderos amigos, amigos del alma. Todo suena un poco cursi, pero es que es cierto. Cuando estás con ellos el tiempo vuela, no te fijas en horas ni en nada, ni si tu casa está desordenada o no hay nada para comer. Sólo quieres compartir, preguntarle al otro cómo está, escuchar sus alegrías y desventuras, sus problemas, sus sueños, y a veces que te digan que estás haciendo puras leseras, una opinión sincera de alguien que te quiere y te conoce. Ahí es donde hay que hacer caso. Sin dudarlo.

Salí de la casa de mi amiga con una sensación de calidez, de serena alegría, de protección, de maternidad, de seguridad. Volví a recordar lo que es una amiga incondicional. Está ahí cuando lo necesitas, ya sea porque lo intuye o porque tú la llamas para pedirle ayuda. Nos visitamos el 27 F. Antes de ir a ver a mis papás, con mi hermana pasamos a ver cómo estaba, sabíamos que estaba sola. Y ella, sorprendida, estaba mejor que nosotras. El saber que existe un otro para quien eres importante, que te quiere a pesar de todo, si estás bien o estás mal, si te lavaste o no el pelo, si estás horrible o deprimida, si te pusiste la ropa inapropiada, o si no estuviste tan chispeante como siempre. Una amiga que te sorprende, cuando ya no esperas nada de nadie, te abraza con su compañía y todo se sana dentro de ti. Son esos detalles, esas delicadezas, ese cariño, ese amor, el que se agradece, el que te permite seguir adelante.


Días extraños, días de lluvia. Han sido días diferentes para mí. Días emocionales, días de recuerdos, sonrisas, miradas, gestos que van y vienen. Se extrañan a algunos amigos que ya no están, que se han ido, que sé que están mejor. Son segundos que generan emociones profundas en algún lugar dentro de ti, que no es fácil identificar o poner en palabras. Son esos momentos personales, tuyos, íntimos. A veces pienso que no se pueden compartir, quién lo entendería.

Sigo manejando y pienso que tengo casi 500 "amigos en facebook", y Martita, mi amiga de la once, no tiene facebook. Qué paradoja. Bueno, ni tanto. 


martes, 12 de junio de 2012

Un día como cualquiera

Foto de Santiago, comuna de Providencia, 2012

Una mala noche. Dolor de garganta, no puedo tragar. Me doy vuelta hacia un lado y el otro. El cuello me duele una enormidad, no sé si fue el trote intenso tratando de creer que tengo 10 años menos y aún soy joven. Y linda. Bueno, a veces creo que lo soy, miro mis ojos y me seduce mi propia mirada, admiro esa belleza tan real. En otros momentos no, por más que intente, no encuentro nada. Nada. 

Y así despierto. Como si aún estuviera soñando. Suena el despertador. Lo ajusto para que me torture en 10 minutos más. 10 minutos en los que descansas de verdad, sientes que esos 10 minutos serán decisivos para comenzar bien tu día y si tengo suerte, cambiar mi vida, un giro total, pero de verdad. Vuelvo a sentir el ring tone de grillos que le puse al Iphone y me doy cuenta que no logré descansar. No soporto ya ese sonido. Me siento mal, decaída, claro, estoy con gripe, no puedo tragar. En ese instante, me acuerdo de la noche anterior. Me gusté la noche anterior. Hice cosas distintas, salí de mi rutina habitual, escuché con atención, me reí con carcajadas, me contacté con el estar allí, sentí que algo se despertaba en mí, sentimientos varios, unas ganas renovadas de vivir, de ilusionarme, de emprender, de hacer cosas, de ser de otra forma, de hablar, de pensar desde otro lado. 

Me levanto con lentitud. A regañadientes asumo que estoy enferma, resfriada. Logró vencerme ese virus promiscuo, que va de uno en uno y que no respeta los decretos de ser sana y saludable. A pesar de todo, debo estar bien, tengo trabajo. Y un trabajo grande, de esos importantes. Pero no tengo energía para dársela a esas personas. Me aburre un poco tener que vestirme para ellos, pensar para ellos, repetir nuevamente las mismas frases, lo que ya todos sabemos que funciona. 

Decido usar la misma ropa de ayer. Me gusta el rojo. Me hace sentir poderosa, decidida, extrañamente femenina. Y en momentos como este, donde las ganas y la energía vital están en huelga, hay que valerse de estos aliados estéticos. Uso mi collar especial, me lo hizo la Martita pensando en mí, en que me protegiera. Ahora sí lo creo. 

Salgo atrasada y sin hambre. Llego a tiempo, todo pasa más o menos rápido, todo sucede de acuerdo a lo planificado, a lo esperado. Todo resulta finalmente. Porque a mí las cosas me resultan. No entiendo bien las razones de esta buena estrella, pero cuando a veces no le pongo tanto esfuerzo ni todo es perfecto como a mí me gusta, sale todo bien igual. Y salimos adelante una vez más. Sin embargo, siento una sensación de molestia dentro de mí. No estoy contenta con lo que hice hoy. Sé que pude haberlo hecho mejor. Me doy cuenta de que tengo talento, de que puedo aportar, de que puedo remecer profundamente. No lo hago. Y eso me molesta. No asumo lo que soy. ¿Es pereza?, ¿son los complejos?, ¿la inseguridad que nunca me deja?

Hago unas llamadas. Cambio los planes para el fin del día. Me entienden. Decido regalarme unas horas exclusivas para mí. Paso rápido por el Líder Express de Bilbao para comprar remedios. Está lloviendo y fuerte. No ando con el paraguas, lo perdí parece. Nunca he sido de las mujeres que en la maleta llevan una parka, un paraguas y alguna linterna en caso de emergencia. No, vivo distinto. Así es que no puedo salir del auto. Escucho la lluvia y escucho mi congestión. Están en sintonía. Estoy botando viejas ataduras, viejos esquemas, hay algo que está cambiando, es casi imperceptible, pero siento una gran fuerza al detenerme sin hacer nada en medio de ese estacionamiento sin techo, esperando que se calme el repiqueteo del agua. Y claro, se detiene.

Me pongo mi pijama, me acuesto. Es temprano, son las 7:18 pm, no puedo creerlo. Me ordeno, planifico lo del otro día. Comienzo a acordarme de todo lo que no hice. Reparo, coordino, llamo, escribo emails. Listo, ya está todo arreglado en el trabajo. Pero ¿y qué más? 

Siento nuevamente esa gran fuerza creadora. Llega sin previo aviso, a la hora que quiere, aún estando resfriada. Me sana, me dan ganas de ser distinta, de escapar, de viajar, de cambiar, de transmutar, de vencer, de vivir. Es una sensación maravillosa. Tomo decisiones. Sí, haré un blog, seguiré la recomendación de un conocedor en la materia. Le haré caso, aunque no en todo. No sirvo para seguir reglas y normas. Me cuesta tanto ser disciplinada. Estuve 2 meses sin comer carbohidratos y llevo casi 2 años sin tomar bebidas. Me siento tontamente orgullosa. Son logros gigantescos para mí, tener voluntad, creer en mí, darme una oportunidad para ser simplemente, sin buscar impresionarme ni menos a los demás. Quiero ser yo, mostrarme, sin vergüenza, aunque sí siento mucho pudor de escribir, de dar a conocer las contradicciones, los pensamientos que navegan por este rápido grado 7 y a veces por una laguna pacífica. Quiero expresar, que todo fluya, sin ser inteligente, sin escribir bien siquiera, darme el lujo de usar palabras repetidas, de no usar las ironías ni todo aquello que gusta tanto y que te hace ser popular.

Se está por terminar la batería del mac. Tengo que cerrar mi primer post. No hice caso. Me dijeron que escribiera corto, que la gente se aburría. Pero hoy no quiero pensar en la gente, en esa masa colisea que vitorea por más y que agranda tu ego, y una como loca buscando agradar y contando cuántos Me Gusta han puesto en Facebook. Acá en este blog intentaré ser sólo yo, no sé si pueda, por eso digo que lo intentaré. Me acuerdo de Yoda, sí, del Maestro Yoda, que le dice a Luke "no lo intentes, hazlo". Just do it. Sin filtros sería lo ideal, pero para ser sincera, trataré de ser fiel y honesta, escribir con menos filtros.

Guardo, cierro. 
Me voy a leer a Murakami y su libro "De qué hablo cuando hablo de correr".
Me tomo el trioval y sé que algo se me olvida.
Un día como cualquiera.