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domingo, 22 de julio de 2012

Reflexiones, letras, sufrimiento y Murakami

Me dormí sin saber qué hora era. El sueño llegó de pronto, muy suavemente, cerré los ojos y abracé el libro que estaba leyendo. Hacía varias semanas que no leía un libro por horas. No tengo ganas de profundizar aquí en los por qué. El asunto es que ya es domingo, y debo haber dormido, no sé, unas 12 ó 14 horas, tampoco me fijé en la hora en que abrí los ojos. Sí sentí una gran pesadez en todo mi cuerpo. El cuello y la espalda me dolían de sobremanera. Recordé que ayer estuve trotanto en una empinada subida y que estuve más de una hora entrenando. Me acordé del libro, ya no estaba entre mis brazos, seguramente lo lancé por la cama durante la noche. Allí estaba. Continué leyendo. Acostada, acurrucada, sintiendo el placer de meterme en una historia diferente y lejana, olvidarme un poco de la realidad.

Es Haruki Murakami, escritor japonés. Lo descubrí el año pasado cuando unos buenos amigos me regalaron uno de sus mayores éxitos en mi cumpleaños (1Q84). De eso ya ha pasado un año y debo reconocer que aún no lo termino, a pesar de que sí me enganchó. Bueno, ya dije que no quiero hablar de por qué no he leído tanto. En mi último cumpleaños, otra amiga que sabe qué es lo que más me hace feliz, me regaló otro de él. "De qué hablo cuando hablo de correr". Es simple, trata sobre su experiencia como corredor por más de 25 años. Me llamó la atención porque es Murakami y porque amo correr. 

Portada del libro "De qué hablo cuando hablo de correr", de Murakami
     
Si bien no pensaba escribir sobre alguien tan notable como Murakami, un hombre admirable por sus historias y su perfecta prosa, a medida que las palabras avanzan no me queda otra que entregarme a algunas reflexiones de su libro. ¿Con quien comentas un libro? Leer es una actividad solitaria, individual. Te tiendes en el sofá o en tu cama y entras en el mundo al que ese escritor te invita. Estás ahí, pero estás solo. Y cuando se lee un libro hay frases que te ayudan a comprender cosas, a unir piezas, a sentirte identificado, entiendes bien eso que vive el protagonista, lo que siente, lo que le está pasando. La mayoría de las veces esos comentarios te los guardas, te asombras contigo mismo o hablas y lloras por ese relato (cuando lees puedes hacerlo, no es tan extraño).




Por eso es que aprovecho esta oportunidad para compartir y comentar dos partes de este libro de Murakami en las que me he quedado pensando, asintiendo con la cabeza, diciendo "sí", riendo, disfrutando en silencio: 

1) "Había un corredor que decía que, ya desde que empezaba a correr, y luego durante toda la carrera, no hacía más que rumiar para sus adentros una frase que le había enseñado su hermano, que también era corredor: Pain is inevitable. Suffering is optional, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno".

El sufrimiento es opcional, así de simple y así de claro. Un mantra que es digno de ser recordado en aquellos momentos críticos. De pronto te das cuenta que te sientes más agobiado que de costumbre, sintiendo pocas fuerzas, cansado y hasta hastiado de todo, de las personas y de la vida. O aún más grave: cuando la nostalgia quiere instalarse en cada rincón de ti y se asoma peligrosamente la tristeza y la autocompasión. No señor. Minutos claves, en los que esta frase se convierte en un salvavidas frente a los propios obstáculos internos. Sí queridos, el sufrimiento es opcional.  Este sí que es verdadero conocimiento, sabiduría pura.

2) "Ya he explicado con anterioridad que no tengo mal perder. Creo que perder es, en cierta medida, algo difícil de evitar. Una persona, sea quien sea, no puede ganar siempre. En la autopista de la vida no es posible circular siempre por el carril del adelantamiento. A pesar de todo, no quiero caer varias veces en el mismo error. Quiero aprender de ese error y aprovechar la lección aprendida para la siguiente ocasión". 

Detenerse. Salirse de la pista. Irse a la berma. Sin necesidad de tener una razón. Parar un poco. Bajarse. Tomar aire. Respirar. Cerrar los ojos. Volver al presente. Aquí y ahora. 

Ver la autopista que hoy recorres es vital. Necesito ver el camino para aprender, para comprender cuál es el próximo desafío. Para permitirme sentir y conectarme con todo lo vivido, con todo lo que siento en este instante. Orden, armonía, serenidad. Momento mágico donde puedo preguntarme por qué siempre me voy por las cuestas, por qué mi auto anda acelerado y hasta ahogado. Vuelvo a respirar. Observo hacia adentro. Comienzo a ver, a entender, a atar cabos sueltos, a generar conocimiento. Porque sin duda que en este andar se aprende.  El aprender de lo pequeño, de las reacciones, de las sutilezas y de las grandes cosas, de lo que dejamos de hacer, de lo que hicimos mal,  de cada una de las caídas, de la manera en que nos levantamos y salimos adelante, de lo hermoso que existe en nosotros. Aprendizaje puro. Se recuerda, se archiva. Lo ideal sería tenerlo a mano. ¿Recuerdo conciente?


Cómo me gustaría tomarme un té con Murakami. Conversar como si fuéramos amigos, cómplices, colegas. Decirle que sí me ha servido su libro, que cada vez que tengo un chispazo de conciencia viene a mi memoria que el sufrimiento es opcional. Que es mi mantra. Y que lo repito cuando corro. Que intento comprenderlo cuando me detengo, en el silencio. Y que cuando entiendo me dan todas las ganas de seguir, de vivir, de leer. 

Ya es la madrugada y en pocas horas me levanto a trotar. 
Sigo con Murakami.